Hechos 2 y la fiesta de Pentecostés

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos” (Hechos 2:1).

Por Lauro Roybal

 La gran mayoría de los eruditos concuerda en que los creyentes estaban unánimes reunidos en ese lugar esperando que llegara el día de Pentecostés. No estaban allí por casualidad. En el griego original se usa la palabra sumpleroo que quiere decir: “completamente o llegar a estar lleno”. Esto nos dice que la llegada completa de aquel día era importante para los apóstoles. También leemos que estaban “todos unánimes juntos”. ¿Significa esto que antes no estaban de común acuerdo y unánimes? ¡Claro que no! Estaban allí, en ese día específico, con un propósito singular. Ese propósito era observar el día de Pentecostés.

Juntos para celebrar la fiesta

Sería absurdo tratar de argüir que los apóstoles estaban allí por alguna otra razón diferente a la de guardar el día de Pentecostés. Después de todo, los apóstoles habían observado este día muchos años de su vida de la misma forma, así como sus ancestros. ¿Por qué no habrían de estar reunidos ese día para observar el día de Pentecostés, según su costumbre? Y, ¿dónde está la instrucción de Jesucristo de ya no observar ese día como mandato de Dios? Obviamente no existe en la Biblia. Pentecostés es una fiesta que debemos observar como mandamiento hasta el día de hoy.

Sabemos que Cristo observó los días santos. Él observó la Pascua y subió a Jerusalén para observar la Fiesta de Tabernáculos y se puso de pie para enseñar en el Último Gran Día. Reconocemos que era su costumbre observar las fiestas santas cada año. Es indiscutible que observó el día de Pentecostés, siendo éste además uno de los tres grandes festivales de Israel, cuando todos subían a Jerusalén. Es un argumento bastante ilógico tratar de decir que los discípulos estaban allí por una razón diferente a la de guardar la fiesta de Pentecostés, pero hay algunos que eso afirman. No tiene ningún sentido decir esto, a menos de que su objetivo sea deshacerse de los días santos de Dios. Sería un error muy grande de parte de Cristo enviar el Espíritu Santo en ese mismo día, si su intención era deshacerse de él y de su observancia futura. Más bien Cristo reforzó e impregnó de importancia ese día en particular, enviando el Espíritu Santo. Precisamente ésa era la fecha cuando el día de Pentecostés se había estado observando por siglos.

Un evento sin paralelo

En Hechos leemos: “Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados” (Hechos 2:2).

Este evento fue una de esas “primeras veces” que ocurren en el Libro de los libros. Me refiero a la primera vez que el Espíritu Santo fue enviado a una gran cantidad de personas a la vez. Fue, sin duda, un evento sin paralelo en toda la historia de la humanidad. Hasta el día de hoy, nadie ha podido emular ni asemejar los eventos que ocurrieron en la Iglesia de Dios en aquel año 31 d.C. Este día se caracterizó con una manifestación física que jamás se ha vuelto a repetir. La casa donde estaban los creyentes se llenó de un fuerte viento y apareció la manifestación visible de lenguas de fuego repartidas sobre las cabezas de cada uno de los presentes.

Llenos del Espíritu Santo

Cuando se les aparecieron lenguas repartidas de fuego sobre cada uno de ellos y fueron llenos del Espíritu Santo, comenzaron a hablar en lenguas (Hechos 2:3-4).

Es importante notar que la palabra “lenguas” significa “idiomas”. ¿Por qué? Porque se ha levantado un movimiento misterioso alrededor de esta palabra para tergiversar lo que verdaderamente sucedió. Tenemos que comprender que la palabra en el griego original que se usa aquí es glossa, que simplemente significa “idiomas”. En el contexto en que se usa aquí significa exactamente eso, que se hablaron otros “idiomas”, según el Espíritu les daba que hablasen. No eran lenguas desconocidas sino idiomas conocidos, entendibles, que los presentes no sólo escucharon, sino que también entendieron claramente lo que se estaba diciendo. Los presentes venían de una mezcla variada de áreas diferentes y todos hablaban en idiomas distintos, pero ese día todos escucharon y entendieron el mismo mensaje de labios de los apóstoles… y lo escucharon cada uno en el idioma original de ellos.

La Biblia nos dice que moraban entonces en Jerusalén varones de todas las naciones bajo el cielo. A pesar de que hablaban idiomas distintos unos de otros, todos entendieron la predicación de Pedro que les hablaba acerca de las maravillas de Dios (Hechos 2:5-8).

Esto es interesante porque todos los presentes eran en su mayoría judíos que habían nacido en diversas partes del mundo, como Egipto, Libia, Panfilia, Capadocia, Roma y algunas otras. Todos escuchaban las palabras de los apóstoles en su propio idioma, en el idioma del país en donde habían nacido. Estaban maravillados porque escuchaban a estos galileos hablando palabras maravillosas y algunos eran pescadores. No eran hombres estudiados ni enseñados en letras e idiomas, sino hombres del pueblo, comunes y sencillos.

Estamos seguros de una cosa: que escuchaban a estos galileos hablando acerca de las maravillas de Dios. El aspecto importante de este evento fue el hecho de que se estaban comunicando sin tener el mismo idioma. Ése es el punto principal. Ése fue el milagro. Más que tratar de desacreditar los movimientos carismáticos modernos, queremos establecer los hechos de que lo que sucedió en este día fue algo que no se ha vuelto a repetir jamás. Lo que sucedió aquí es que a través de un milagro todos ellos pudieron entender algo muy importante: las maravillas del Reino de Dios.

El don de la comunicación

Estos hombres estaban allí escuchando el mensaje de Dios en árabe, latín, griego, en varios otros idiomas. Estaban escuchando todos estos idiomas milagrosamente. Estaban comunicándoles a los creyentes un mensaje muy específico: las maravillas de Dios, y todos estaban comprendiendo perfectamente.

Cuando entendemos el propósito que tuvo Lucas al escribir el libro de los Hechos, podemos comprender un poco mejor lo que estaba sucediendo allí.

Lucas estaba narrando acerca de las cosas que habían acontecido unos treinta años antes. Estaba tratando de hablar de la transición de la religión judía a una religión establecida directamente por Cristo. Narró acerca del gran esfuerzo de Dios para lograrlo. No porque a Dios le cueste trabajo hacer lo que Él desea, sino por la renuencia de los hombres en pensar y actuar en paralelo con los pensamientos y acciones de Dios.

Lucas nos narra lo difícil que fue penetrar en las mentes cerradas de aquellos hombres para que dejaran a un lado el judaísmo tradicional, que tenían tan arraigado, y que pudieran salir al mundo entero con el mensaje de salvación, centrado en el mensaje de Cristo. Tenían que dejar de ser un grupo meramente judío para convertirse en un grupo que anunciara el camino de vida, dirigido por Jesucristo mismo.

Cristo les dijo que no sólo le serían testigos en Judea, sino que lo serían también en Samaria y que llegarían a testificar en todos los confines de la Tierra… a través de las generaciones, hasta la segunda venida de Cristo.

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Posted in 2019, Blog del Escritor