¡Mas que vencedores!

Por Lauro Roybal

Dios nos dice en su Palabra que somos más que vencedores por medio de Aquél que nos llamó, (Romanos 8:37). Que seamos vencedores es algo que Dios espera de cada uno de los que ha engendrado como su hijo o hija. No es suficiente sólo haber sido llamados a conocer la verdad, ni haber recibido el Espíritu Santo, ni haber estado en la verdadera Iglesia por muchos años. Si no vencemos hasta el fin, no estaremos en el Reino de Dios.

Esto puede sonar difícil de realizar, pero es posible y deseable para Dios. Si no vencemos hasta el final de esta era o hasta el final de nuestra vida, aunque hayamos tenido todas las cosas mencionadas arriba, no recibiremos la vida eterna ni entraremos al Reino de Dios. ¿Cómo podemos decir algo que suena tan increíble?

Una verdad increíble

El profeta Ezequiel nos revela lo que Dios piensa con respecto al pecado. Su sentimiento hacia el pecado es tajante y muy severo. Nos haría mucho bien aprender a odiar el pecado, así como Dios lo detesta. Veamos lo que Dios dice al respecto. Primero nos dice: “El alma (persona) que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:20). Sin excepción, la persona que peca morirá, porque la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Pero si el impío se apartare del pecado en el que vivía y comenzare a obedecer a Dios y guardar los mandamientos, vivirá y no morirá (Ezequiel 18:21-22).

Luego Dios, por medio de Ezequiel, hace una pregunta muy importante: “¿Quiero yo la muerte del impío? dice el Eterno el Señor. ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?” (Ezequiel 18:23). Esta pregunta es muy importante, porque la respuesta nos la da Dios al prometer que toda persona puede recibir la vida eterna “si” (palabra condicional) se aparta de sus pecados y transgresiones. Luego nos dice algo increíble: “Todas las transgresiones que cometió, no le serán recordadas; en su justicia que hizo vivirá” (Ezequiel 18:22).

Es asombroso lo que Dios dice, porque es difícil pensar que una persona que haya sido muy pecadora y mala, desde el punto de vista humano, reciba la vida eterna cuando se aparte de su vida pecaminosa y abrace la verdad, para obedecer a Dios. Esta persona será contada como un verdadero vencedor y recibirá la vida eterna, por haberse apartado del pecado.

Otra verdad aún más increíble

La segunda pregunta pudiera parecer obvia, pero lea lo que Dios dice al final: “Mas si el justo se apartare de su justicia y cometiere maldad, e hiciere conforme a todas las abominaciones que el impío hizo, ¿vivirá él?” La respuesta a esta pregunta, a primera vista, nos puede parecer injusta si la comparamos con la primera, porque aquí se está refiriendo a una persona “justa” que ha obedecido a Dios.

Supongamos que Dios hubiera llamado a alguien a la verdad y esta persona se hubiera arrepentido, bautizado y recibido el Espíritu Santo. Supongamos también que después de haber sido un miembro fiel de la Iglesia por cuarenta años o más, al final de su vida no venció, sino que se dejó derrotar por Satanás, por la sociedad o por sí mismo, regresando al pecado. ¿Vivirá él? ¿Qué sucederá si esta persona que se cansó de la lucha espiritual, se enfrió, al punto de dejarlo todo y abandonó la carrera espiritual, permitiendo que entrara de nuevo el pecado en su vida?

Aun si esto hubiera ocurrido sólo por un corto tiempo antes de morir, ¿morirá o vivirá? ¿Recibirá la vida o la muerte eterna? ¿Debería salvarse por haber vivido una gran parte de su vida en la verdad, diezmando, observando el día sábado, las fiestas santas, las leyes de los alimentos limpios e inmundos, y haberse esforzado por ser un hijo obediente de Dios por cuarenta años para luego caer en el pecado en la última parte de su vida? Si pensamos como la mayoría de las personas que sopesan los pecados y las buenas obras, pensaríamos que esta persona, por la fidelidad que vivió por tantos años, debería vivir. Pero, veamos lo que Dios dice. Ezequiel nos da la sobria respuesta en su segunda declaración: “Ninguna de las justicias que hizo le serán tenidas en cuenta; por su rebelión con que prevaricó, y por el pecado que cometió, por ello morirá” (Ezequiel 18:24).

¿Qué sucede? ¿Cómo es posible esto? ¡Qué increíble aseveración! Humanamente, quizá no nos parece justo este juicio. Esto es exactamente lo que Israel pensó. En los siguientes versículos leemos: “Y si dijereis: No es recto el camino del Señor; oíd ahora, casa de Israel: ¿No es recto mi camino? ¿No son vuestros caminos torcidos? Apartándose el justo de su justicia, y haciendo iniquidad, él morirá por ello; por la iniquidad que hizo, morirá” (Ezequiel 18:25-26).

¡Increíble! ¿No le parece? Sí, para nosotros es increíble. Pero Dios no toma en cuenta cuánto tiempo le hemos obedecido. Ninguna de nuestras justicias nos las tomará en cuenta si al final no somos vencedores y no morimos en la verdad. Para Dios es más importante nuestra perseverancia en sus caminos, nuestra obediencia constante hasta el final, sin importar las circunstancias que rodeen nuestra vida. Dios toma en cuenta nuestro carácter.

Dios nos está perfeccionando

Nuestro Creador no sólo espera que cambiemos, sino que sigamos en el proceso de transformación hacia la perfección día con día, mes con mes y año tras año, hasta el final de nuestra vida. Dios desea que los buenos cambios que hayamos hecho en nuestra vida, después de conocer su verdad, permanezcan como parte de nuestro carácter para siempre y no sólo por una temporada.

Dios nos está transformando en todos los aspectos de nuestra vida: en nuestra manera de trabajar, en la forma en que tratamos a nuestro cónyuge, en la manera en que educamos a nuestros hijos en los caminos de Dios y en nuestras costumbres en general. Él quiere que seamos santos en la comida que ingerimos, en la forma en que nos relacionamos con los demás y hasta en nuestros más íntimos pensamientos y actitudes (2 Corintios 10:5).

Corriendo la carrera con diligencia hasta el final

Debemos entender que el haber descubierto que nuestra naturaleza humana tiene fallas graves, profundas y apremiantes (Romanos 7:18; 8:7; Jeremías 17:9), no es suficiente. Es necesario cambiar para siempre esta forma de ser y actuar conforme a lo que Dios nos dicta en su ley. Tal vez pensamos que ya hemos hecho el esfuerzo por vencer durante muchos años, pero ahora, después de tanto tiempo, nos parece más difícil continuar así. Tal vez, al darnos cuenta de la magnitud de los cambios que Dios espera de nosotros, comenzamos a desanimarnos y cedemos al pecado.

¿Qué cree que sucederá si le ponemos un poco de la proverbial levadura a nuestra masa? Contaminaremos toda la masa. Contaminaremos nuestra vida. Y esto no sólo nos afectará a nosotros, sino que también la Iglesia se verá afectada aun cuando un solo miembro se deje vencer por el pecado. ¡Cuidado! El apóstol Pablo nos da la oportuna advertencia, diciendo: “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos; y ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron” (Hebreos 2:1, 3).

Victoriosos sólo con Dios

La parte más maravillosa de la herencia que poseeremos, si vencemos el pecado, será la vida eterna, llegando a ser hijos de Dios. El apóstol Juan lo dice así: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:1-3).

Note que el que tiene la esperanza de llegar a ser hijo de Dios se purifica a sí mismo. ¿De qué debe purificarse? Del pecado. Debemos llegar a odiar el pecado como Dios lo odia. El siguiente versículo define lo que es el pecado, lo que tenemos que vencer. La definición bíblica de lo que es el pecado es la siguiente: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

¿A cuál ley se refiere el apóstol Juan? A la ley de Dios, la cual nos libra del pecado, la ley de la libertad: “Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:25).

El apóstol Pablo escribió también acerca de este tema y enumera algunos puntos que están escritos en la ley que Dios le dio a Moisés, además de otros estatutos que nos dejó escritos en su Palabra, que también tenemos que obedecer. Escribiéndole a la Iglesia de Corinto, les dice: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9-10).

Es obvio que el apóstol Pablo no pensaba que obtendríamos la entrada al Reino de Dios con sólo aceptar a Jesucristo en nuestro corazón como nuestro salvador personal, olvidándonos luego de seguir obedeciendo fielmente los mandamientos y los estatutos de Dios. ¿Cree usted que es salvo por gracia, sin ninguna obligación de obedecer a Dios y su ley?  O, por el contrario, ¿es usted un vencedor? Usted puede ser un vencedor, y con la ayuda de Dios puede ser más que vencedor, porque “somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó” (Romanos 8:37).

La victoria final

Ser vencedor no depende totalmente de nosotros ni de nuestra propia fuerza, pero sí necesitamos mostrarle a Dios nuestra iniciativa. Si no nos esforzarmos por hacer nuestra parte, Dios no nos dará el querer ni el hacer su buena voluntad (Filipenses 2:13). Sin la ayuda de Dios no encontraremos la fuerza para continuar perseverando en hacer el bien y pronto caeremos en nuestra lucha contra el pecado. Con Dios todas las cosas son posibles, a pesar de que a nosotros nos parezcan imposibles.

Permitamos que Dios nos llene de amor, poder y dominio propio (2 Timoteo 1:7). Fortalezcámonos más y más a medida que veamos que se acerca el final de esta era, y corramos como el que desea ganarse la corona de la victoria. Sólo así podremos llegar a la meta como vencedores. Recordemos que Dios no nos ha llamado para que fracasemos y muramos, sino para que vivamos y seamos más que vencedores. CA

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Posted in 2019, Blog del Escritor