¿Quién nos está educando?

Por Jorge Iván Garduño

En muy raras ocasiones los programas de televisión son producidos con el propósito de educar. Muy por el contrario. El propósito principal de la existencia de los programas de televisión es para que brinden diversión y entretenimiento a la población. Es por eso que lo banal, fútil, atrevido, carnal, espantoso y apocalíptico es lo que producen las grandes cadenas televisivas alrededor del mundo.

La televisión es un negocio

Las televisoras son empresas comerciales, y quienes laboran en ellas lo hacen con la finalidad de obtener ganancias. Los directivos y dueños de estas corporaciones se interesan mucho más por el dinero que por el deseo de promover la cultura y el bienestar de los televidentes. Esa codicia y egoísmo son la raíz de la mayoría de los problemas que aquejan al mundo moderno.

Como lo aprendí en la Iglesia de Dios hace más de dos décadas, sólo existen dos modos de vida: el del “obtener”, que está motivado por el pensamiento egocéntrico, y el del “dar”, que claramente es el que nos enseña Dios en nuestro instructivo, la Biblia.

La sociedad actual sienta sus bases en el “obtener”, en el principio del egoísmo, la codicia, la lujuria, el deseo de adquirir, el acumular y la falta de interés por el bienestar de los demás.

En contraparte, el “dar” constituye el camino del verdadero interés y amor por nuestro prójimo, el cual debe ser igual de intenso que el que sentimos por nosotros mismos (Mateo 22:39). El camino al que Dios nos llama es de servicio y ayuda, de solidaridad y cooperación, de consideración, paciencia y benevolencia.

Los costos de las producciones televisivas se financian gracias a los anuncios publicitarios, y las tarifas se basan en el número de espectadores que se tiene en las diferentes horas del día y la noche. El dinero que se maneja en estos medios es tremendo, por lo que no existe interés por lo que es útil y sano para el televidente, sino por lo que prefiere ver la mayoría. Por desgracia, la mayoría quiere diversión, ocio, futbol y telenovelas… ésa es la realidad.

Por décadas, las televisoras han comprobado que el público no desea ver lo que le edifica e instruye, sino lo que pueda entretenerlo. Por desgracia la “dieta” de la televisión no estaría saturada de violencia, crímenes y sexualidad ilícita si el público prefiriera la instrucción e información útil.

Motivados por el egoísmo

Casi siempre el público escogerá una distracción en base a la maldad, la violencia, los actos sexuales ilícitos, la doble moral y el lenguaje en doble sentido, por encima de opciones que le edifiquen, cultiven y muestren su increíble potencial humano. No lo harán todos los individuos, pero sí la gran mayoría.

Desafortunadamente, son cada vez más los programas dirigidos a los jóvenes donde el sexo, los narcóticos, el alcohol, el tabaquismo, la infidelidad, los matrimonios rotos, las familias disfuncionales, la violencia y la desobediencia a cualquier tipo de autoridad predominan.

Sin duda, la televisión —y cada día más el internet— es la tecnología a la que más jóvenes acceden. En una encuesta realizada en México por Parametría (agencia encuestadora mexicana), señala que éste es un dispositivo prácticamente universal, ya que el 95 por ciento de los hogares cuenta con un aparato para informarse y/o para entretenerse.

De acuerdo con información proporcionada por la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales (Conaculta, 2010) el 90 por ciento de los entrevistados ve televisión. De estos, el 40 por ciento lo hace por más de dos horas al día, el 35 por ciento entre una y dos horas, el 19 por ciento una hora, y el 5 por ciento menos de una hora.

Por su parte, la casa encuestadora IBOPE AGB, afirma que el promedio de tiempo diario por persona frente a un televisor es de alrededor de cuatro horas y 45 minutos y, de nueve horas y 25 minutos por hogar.

Estos porcentajes permiten darnos una clara idea de las preferencias e inquietudes que tiene el televidente mexicano. No es de extrañar que la mayoría conozca a los diversos conductores de espectáculos de la televisión, sobre todo de la televisión abierta. De acuerdo con la más reciente encuesta nacional en vivienda de Parametría, el top de conocimiento acerca de los presentadores de distintos programas, lo encabezan aquellos que pertenecen a programas de entretenimiento muy por encima de los noticiosos y/o culturales.

La preferencia de la audiencia mexicana es clara —y estoy seguro que los números son muy similares en el resto del continente: eligen sintonizar novelas, programas de revista y películas, antes que programas con mayor contenido cultural o informativo.

Ante estos datos vuelven a surgir las preguntas: ¿los contenidos de la televisión que llega a millones de hogares divulgan información útil que promueve valores y actitudes éticos y socialmente responsables? La respuesta es un rotundo NO.

¿Quién nos está educando en realidad? Respuesta contundente: la televisión y el resto de los medios de comunicación.

Sin embargo, en la vida de un joven cristiano (y de todo creyente en Jesucristo), la Biblia debería ser el medio de comunicación por excelencia que a diario debe estar influyendo positivamente en su vida.

Los medios de comunicación en el siglo XXI

La programación de la televisión está concebida para complacer al público, porque eso es lo que reditúa en ingresos económicos. Como la vida cotidiana no es tan emocionante, los programas se encargan de hacerla emocionante con representaciones falsas. Es menester que estos programas sean “diferentes” para ser entretenidos. Las masas quieren transportarse a un mundo de emoción e interés para escapar de la realidad de su vida rutinaria, y sentirse los protagonistas de esas historias ficticias.

Los intereses comerciales e industriales que patrocinan los programas de televisión están interesados en captar el mayor número de posibles televidentes. Es cuestión de oferta y demanda: el público demanda programas emocionantes, excitantes y atrevidos, lo cual significa sexo y violencia… y la industria se los ofrece. En este caso sí se aplica el dicho: “el público es el que manda” o “al público lo que pida.”

La humanidad ha optado por vivir según los dictados del egoísmo, lo cual ha sido causa de sus innumerables males. Seguimos sufriendo estos males, pero rehusamos reconocer la causa. Seguir el dictado de nuestra naturaleza humana es el camino del obtener, de la competencia y de la frustración.

El camino del “obtener” les ha dado a varios de los países occidentales un alto nivel de ingresos y de vida material, pero ello no nos ha traído felicidad verdadera… ¡ni siquiera a los más acaudalados!

A la larga, el camino egoísta del “obtener” no ha producido los resultados deseados.

“Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios” (1 Corintios 3:19).

Mientras más nos adentramos en este siglo XXI, los contenidos de un mayor número de medios de comunicación (cine, periódicos, revistas, televisión, redes sociales, internet, radio, etcétera) se van enfocando más en los deseos de la carne, buscando cautivar nuestros ojos, nuestros oídos y pasiones. Y eso proviene del dios de este mundo, Satanás.

“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:16).

“Sed santos, porque yo soy santo”

Seamos jóvenes o adultos, debemos guardar nuestra santidad. Dios nos ordena respetar nuestro cuerpo y nuestra mente, ya que es importante para nosotros —y para Dios— que lo honremos a Él con nuestra forma de conducirnos. Así lo dice el apóstol Pedro: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16). En lugar de darnos una lista detallada de lo que es correcto e incorrecto, Dios nos revela principios básicos para guardarnos de este mundo. En otras palabras, Dios nos da la responsabilidad de discernir —tener los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal (Hebreos 5:14).

Reconozco que, en la televisión, el cine y en internet puede uno encontrar información importante y que edifica. Pero debemos tener los sentidos bien ejercitados en el conocimiento de la Palabra de Dios para no dejarnos influir por la maldad de este mundo: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2:15).

Jóvenes y adultos, no dejemos que la televisión o cualquier otro medio de comunicación de este mundo caótico nos aparten de Dios. No permitamos que las series de televisión nos aparten de Dios y de su Reino. El Reino de Dios será mucho más fantástico que cualquier programa de televisión que pueda ser producido jamás.

El cristianismo es un estilo de vida. Es algo que deber estar presente cuando nos arrodillamos para orar, cuando pedimos a Dios que nos mantenga alertas, despiertos y vigilantes.

“Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:17). CA

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Posted in 2019, Blog del Escritor