Sin fe es imposible agradar a Dios

El tema de la fe a veces resulta difícil de comprender. La mente del hombre está más conectada con su esfuerzo y los logros que por sí mismo puede alcanzar.

Por Álvaro Matamala

Hace muchos años, estudiando el tema de la fe, me encontré con un relato que me impresionó y que me gustaría compartirlo.

Cuentan que había un experto equilibrista que podía caminar sobre una cuerda extendida en el aire y hacer arriba diversas piruetas y maniobras.

Un día intentó hacer algo maravilloso: extendió una cuerda de un lado al otro de las “Cataratas del Niágara”, y se propuso caminar sobre la cuerda. La multitud de espectadores esperaba ansiosamente la osada hazaña.

Desde las alturas él le preguntó a la multitud: “¿Cuantos creen que yo puedo caminar de un lado a otro?” Al escucharlo todos los visitantes afirmaron: “¡Sí, creemos!”.

Con seguridad, el hombre cruzó de un lado a otro, y la multitud le aplaudió fuertemente. Después él les preguntó: “¿Cuántos creen que yo puedo pasar de un lado a otro, pero además con una carretilla por delante?”. Todo el mundo se asombró, pero dijeron: “¡Sí, creemos!”. Y el equilibrista no les decepcionó. ¡Cruzó de un lado a otro con la carretilla por delante! Esta vez los gritos de admiración fueron mucho mayores que en la primera hazaña.

El hombre no quedó satisfecho. Le preguntó a la multitud: “¿Cuántos creen que yo puedo cruzar con una caretilla llena de ladrillos? Y una vez más, gritaban: “¡Sí, creemos!”.

El hombre logró hacerlo, y la gente se volvió loca de asombro y alegría. Todos aplaudían y gritaban.

Una vez más, el experto equilibrista inventó una nueva maravilla y les dijo: “Ahora les enseñaré mi truco más peligroso: ¿cuántos creen que puedo cruzar de un lado a otro, con una persona metida en la carretilla?”.

Todo el mundo gritaba a coro con más fervor que antes: “¡Sí, creemos! ¡Sí creemos!”. Entonces el trapecista les hizo la pregunta clave: “¿Hay algún voluntario que quiera subirse a la carretilla?”. Esta vez nadie respondió.

Muchas veces como cristianos solemos decir que tenemos fe. Sin embargo, es muy probable que nuestra vida real sea más parecida a la del espectador que a la del equilibrista.

Pensemos en la pregunta final de este relato: “¿Hay algún voluntario para subirse a la carretilla?”. Bueno es reflexionar si alguno de nosotros podría ser aquel voluntario valiente y con fe que confía en el experto equilibrista.

¿Cuánta fe tenemos en realidad?

La fe verdadera resulta difícil para muchos cristianos. “Subirse a la carretilla” no es tan fácil como parece. La Biblia menciona: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).

Este pasaje de la Biblia nos muestra que la fe es la certeza de lo que nosotros esperamos, es decir: primero creemos y luego lo vemos. Pero el ser humano, en su interior suele decirse que es mejor ver para creer.

Por tanto, la fe es la convicción de ver con los ojos espirituales algo irreal para muchos, mas no así para el que cree. Si usted tiene fe se sube a la carretilla, si no la tiene se quedará inmóvil mirando. Por supuesto que el equilibrista por excelencia es Dios.

Sin fe es imposible agradar a Dios

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11: 6).

La fe es un ingrediente no sólo necesario, sino primordial en la vida del creyente que desea agradar a Dios. La fe siempre cree, y no tiene espacio para la duda.

La fe que agrada a Dios está basada en la seguridad, plena convicción y esperanza de que Él hará lo que le pidamos.

Como hijos de Dios estamos llamados a crecer en la fe. Estar convencidos y entregados totalmente en las manos de Dios, activa nuestra fe. Dios mueve nuestra fe desde su trono y la valida cada día si realmente se la pedimos. Lamentablemente en la incredulidad no hay espacio para la fe.

“Subirse a la carretilla” del experto equilibrista es un desafío que se nos presenta día a día, ya que muchas veces el temor y la ansiedad son los enemigos que hacen que la fe falte. El mundo práctico y racional en el que vivimos nos envuelve fácilmente y dudamos con frecuencia.

Jesús tuvo que amonestar a sus discípulos por su falta de fe en distintas oportunidades. Al apóstol Pedro cuando caminó sobre el agua y empezó a hundirse le dijo: “Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14:31).

Nosotros nos enfrentamos todos los días a esta experiencia que vivió el apóstol Pedro. En un día normal nos mostramos preocupados y atemorizados por problemas económicos, de salud, de trabajo, de familia, etcétera. Tener fe debe ser una decisión seria de todos los días.

Hablando de Abraham, el “padre de la fe”, el apóstol Pablo escribió: “Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara” (Romanos 4:19).

Para la mente natural, era imposible que se pudiera cumplir esta promesa a Abraham. Pero él no se preocupó de tal imposibilidad. Abraham tomó la decisión de tener fe y no dudar en nada. De acuerdo a lo mencionado por Pablo, Abraham no le dio importancia a la manera en que Dios cumpliría su promesa. Él no pensó en los obstáculos que tenía esta promesa ilógica. Él simplemente no consideró los obstáculos ni pensó en ellos.

¿Cómo podemos confiar en Dios realmente?

Luego de que el experto equilibrista hiciera la pregunta: “¿Hay algún voluntario para subirse a la carretilla?”, el relato continuó.

Cuentan que se hizo un silencio total. Todos se estremecieron. Todos temieron. Todos creían… siempre y cuando no estuviera en juego su seguridad personal. Pero en realidad no creían. No confiaban totalmente en el equilibrista. Pero entonces, de la multitud surgió un niño que rápidamente corrió y subió a la carretilla. Ambos, el equilibrista y el niño encima de la carretilla llegaron sin demora al otro lado. Ese niño era el hijo del experto equilibrista, que confiaba totalmente en su papá. El padre no podría poner en peligro la vida de su hijo… y el hijo lo sabía.

Nuestra fe no debe ser movida por las circunstancias cotidianas, ni por las crisis financieras que nos afectan, ni por los problemas que nos sacudan, o lo que sea que esté pasando a nuestro alrededor. Nuestra fe debe estar firme, sabiendo que tenemos a Dios por Padre. Él es el experto equilibrista que nos hará caminar a veces por angostas sendas de rectitud para cumplir su palabra.

La fe victoriosa

La fe no se puede perder ni disminuir. Hay que pedirla a Dios, ya que es una parte del fruto de su Espíritu Santo. En el libro de Hebreos se menciona: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma” (Hebreos 10:35-39).

La fe es para los que avanzan, para los que asumen los desafíos de la vida, sepultando todas las lógicas humanas ante cualquier logro o propósito que se propongan. La fe verdadera comienza con la muerte de nuestros planes “personales” hechos a solas. La fe victoriosa comienza cuando ya no quedan opciones, cuando se hace necesario conversar cada cosa con Dios y comenzar cada día como ese niño al subir a la carretilla para estar con su Padre, confiando totalmente en Él. CA

Comparta este artículo!
Posted in 2019, Blog del Escritor